• Claudia Leno

Démosle la Noticia a los Niños

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Hoy he comenzado mi día tomándome un café con algunas de mis amigas mancoreñas, las cuales son casi todas limeñas, salvo una piurana y algunas extranjeras, que decidieron en algún punto de sus vidas hacer el cambio, algunas solas y otras con sus familias, igual que lo hice yo.

Las reuniones para tomar café con amigas en Máncora se coordinan de un momento a otro, en cualquier ciudad grande sería impensable por las agendas de cada una, el tráfico y las distancias, pero aquí si el café se coordina con mucha anticipación -como aún trato de hacer por la fuerza de la costumbre- a la hora de la hora se cae, no sale, se cancela el plan; así que mejor es adaptarse y seguir con la costumbre local de quedar para tomar café máximo dentro de veinte minutos. Eso si, la conversación no varía, los temas son tan trascendentes e intrascendentes como en cualquier lado; todo parece indicar que los códigos entre amigas son prácticamente los mismos sin importar en que lugar del mundo nos encontremos, que tranquilidad.


Ahora, ya sentada frente a la computadora, me dispongo a escribir acerca de como mi esposo y yo le contamos a nuestros tres hijos sobre la decisión de salir de la ciudad. Esa mañana, justo tres semanas antes de la mudanza, hablamos con el colegio de Lima para que al día siguiente, cuando llegaran los chicos con la novedad, los profesores tuvieran el discurso adecuado para la situación en cuestión.

Optamos por decirle a los tres niños juntos -aunque ahora se que debimos decirle a nuestra hija mayor primero para que no nos boicotee con los gemelos- después de una tranquila noche de jueves, un poco antes de la hora de dormir. Sabíamos que el viernes en la mañana iba a ser alborotado pero luego llegaba el fin de semana, lo que nos daba la oportunidad de tocar el tema nuevamente sábado y domingo, y ellos poder preguntar y repreguntar tanto como fuera necesario para su tranquilidad.

No recuerdo exactamente como comenzó la conversación, lo que nunca olvidaré es que mis dos hombrecitos estaban encantados con la idea, lo estaban tomando de lo mas bien.

El problema comenzó quince segundos después, cuando voltearon a ver a su hermana que, un poquito mas allá, lloraba a mares, así que detectando algo extraño en toda la situación, ellos también se echaron a llorar. En dos minutos teníamos a nuestros tres hijos totalmente en contra del cambio que se venía, y lo estaban expresando de todas las maneras posibles: gritos, quejas, llantos. Un instante después, mi hija llamaba desesperada a sus abuelos para que -según ella- la salven de la mudanza, así que en breve y como era de esperar, teníamos a mis suegros también -que todavía no habían sido informados del tema- cuestionando la decisión y pidiendo explicaciones. Tuvimos que improvisar rápidamente, así que mientras mi esposo agarraba el teléfono para conversar con sus padres y al mismo tiempo los gemelos lloraban a gritos detrás suyo, yo aproveché para quedarme sola con mi hija, y poniéndome el corazón en la mano, apelé a la sabiduría que -aunque no aflore muy seguido- se que está dentro suyo, y le expliqué de almita a almita todo lo que esperaba de la nueva etapa que estaba por empezar. Poco a poco mi hija se fue tranquilizando como si ahora compartiera nuestros motivos para salir de la ciudad y venir a Máncora. Mi esposo e hijos se unieron a la conversación y esa noche terminó con una sensación extraña, pero en paz, y si bien ninguno de los tres niños entendía exactamente por qué nos íbamos de la ciudad, dejaron de poner resistencia, supongo que por que confían en que mi esposo y yo sabemos tomar las decisiones adecuadas para nuestra familia.


Debo confesar que me regresó el alma al cuerpo un mes después, cuando mi hija -a sólo semanas de habernos mudado- nos dijo a todos mientras almorzábamos, que sentía que ya se había adaptado a su nueva vida. Y es que en general, los chicos suelen adaptarse sin mayor problema a los cambios, pero si además son recibidos por gente cálida, un agradable clima y un maravilloso mar, es aún mas fácil. Así nos recibió Máncora, con los brazos abiertos, como si nos hubiera estado esperando para uno de esos cafecitos de último minuto que no se planifican pero que se disfrutan como el que más.

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