• Claudia Leno

Máncora, nuestro nuevo hogar

Actualizado: 3 de jul de 2018

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Vuelo a Mancora

Estoy recordando esas semanas investigando todo lo que se podía acerca del norte, a ver si era posible hacer realidad la loca idea de salir de Lima y ubicar en Máncora nuestro hogar. Lo primero que hicimos fue averiguar de colegios y casas, las posibilidades estaban entre Órganos, Vichayito y Máncora cada cual con sus singularidades, pros y contras pero definitivamente los tres son pedazos del mismo paraíso que para mí es el norte del Perú.

Todas las coordinaciones las hicimos mi esposo y yo, decidimos que lo mejor era mantenerlo sólo entre nosotros dos, por que en ese punto no teníamos la seguridad de que la idea fuera del todo realizable. El hecho de que sólo nosotros compartiéramos tremendo plan le dio a toda la situación un aire de complicidad que hará que siempre recuerde esas semanas con mucho cariño.


Con la mayor información posible recolectada, coordinamos el viaje de reconocimiento para aterrizar las ideas y ver con nuestros propios ojos si se iba a poder -o no- hacer lo que habíamos pensado. Sabíamos que por las fechas El Niño hacía de las suyas, pero la naturaleza no iba a impedirnos seguir avanzando con nuestros planes, si había vuelos viajábamos. Llegamos a Máncora al día siguiente de la lluvia más fuerte de los últimos años, una que llegó con truenos y relámpagos, pero nosotros estábamos entusiasmadísimos de estar allí finalmente, nuestra conclusión fue que si nos parecía viable en esas condiciones definitivamente lo sería en condiciones normales. Además, no queríamos que se nos siga pasando la vida, había llegado un momento en el que estábamos decididos, sin ese viaje de reconocimiento todo se retrasaría o tal vez nunca se haría y eso era lo que menos queríamos.


El agua de la última lluvia bajaba por las quebradas con gran fuerza -junto con el barro, ramas y todo lo que el agua arrastraba a su paso- hasta llegar al mar. El lodo nos llegaba hasta las rodillas, pero nos fue bien con todas las personas que conocimos, nos dieron la impresión de estar felices con su vida mancoreña, todos compartían con nosotros esas ganas de llevar una vida tranquila alejados del caos citadino, del trajín extremo y del estrés que acompaña a casi todos los limeños y que a nosotros ya nos tenía hasta el copete.

Lo conversamos bien esa noche y llegamos a la conclusión de que era viable y que lo íbamos a hacer, no veíamos las horas de estar ya mudados y viviendo esa nueva etapa de nuestra vida.


Ahora que miro para atrás, me doy cuenta que siempre fue posible hacer el cambio, siempre es posible cambiar. Hay que ponerle un alto a nuestros miedos, a nuestros paradigmas, a nuestras creencias limitantes, no dejar que nos dominen y que tomen el control de la situación. El miedo -entre otras cosas- paraliza e impide tomar decisiones importantes, nos mantiene en el status quo y nos hace encajar dentro de un molde. En eso se nos va la vida y cuando nos damos cuenta se pasaron los años, sin opción a retorno.


Así somos los humanos, nos postergamos a nosotros mismos por que hay muchas obligaciones que cumplir, nos asignamos una dosis baja de felicidad y creemos que está bien dejarlo para después, para cuando hayamos cumplido con esto y aquello, cuando hayamos terminado de cumplir con lo que está establecido, que probablemente no termine nunca. Sin darnos cuenta, arrastramos a nuestros hijos al sistema, sin siquiera preguntarles. En vez de corregirnos con ellos, duplicamos nuestros error inconscientemente.


Nosotros -para bien o para mal- hemos decidido hacer un pare en esa vorágine en la que estuvimos desde siempre, entendimos que a la vida no hay que dejarla esperando, la vida se vive hoy. Entendimos que el tiempo de hacer los cambios es ahora, por que el mañana no sabemos si vendrá.


Así es mi querido amigo lector, ya lánzate a la piscina, haz realidad esa idea que te está dando vueltas en la cabeza hace tiempo, atrévete a vivir, por que -muy a pesar de los menos flexibles- la vida está para disfrutarla hoy.






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