• Claudia Leno

Paddle Surf en Máncora

Actualizado: 3 de jul de 2018

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Paddle Surf en Máncora

que aquí estoy, tomando un café por la mañana, mirando mi computadora (la cual uso significativamente menos desde que nos mudamos), mientras escucho el sonido del mar frente a mi casa y trato de empezar esta historia que les iré contando semana a semana, probablemente sin ningún orden en particular.


Desde que mi esposo y yo tomamos la decisión hace poco mas de un año, de mudar nuestras vidas junto a la de nuestros tres hijos y dos perros -los gatos llegaron después- de Lima a Máncora, he sentido la necesidad de escribir sobre las nuevas experiencias anécdotas y reflexiones que se nos van presentando en el que ahora es nuestro hogar en el norte del Perú.


Hoy no explicaré qué nos impulsó a hacer el cambio. Los motivos -los cuales hemos enumerado mil veces ante jurados de todo tipo: familia, amigos, mamás del colegio y más de un curioso desconocido- se van a ir explicando solos. Las caras de impresión, preocupación, sorpresa, aprobación o admiración de cada uno de nuestros interlocutores nos ayudaron a reafirmar que la decisión tomada era la correcta; y si hablamos de expresiones en la cara, el primer puesto se lo llevan mis hijos. Al recordar sus caritas de desconcierto y sorpresa al escuchar que la mudanza no sería a Washington, Santiago o tan siquiera a Piura, todavía me hace sonreír. Felizmente, ya para ese entonces estábamos seguros que la aventura que emprenderíamos sería positiva para todos.


Voy a presentarme brevemente. Mamá de tres niños, casada hace quince años, hija de padres divorciados, última hermana de cinco y administradora de empresas de profesión. No tengo película, canción, comida o color favoritos, me gustan varios con la misma intensidad. ¿Por que será que creemos que es obligatorio escoger favoritos para todo? ¿Será el ser humano y sus ganas de siempre poseer? Tengo cuarenta y pocos igual que mi esposo, y a estas alturas ya está claro que para meternos de lleno en esta nueva aventura, estábamos bajo la fuerte influencia de la crisis de los cuarenta. ¡Bendita crisis de los cuarenta! Bienvenidos todos esos trances que nos llevan a cuestionar donde estamos, que es lo que queremos y hacia donde vamos, incluyendo el estilo de vida que llevamos, para replantearnos hasta las bases más invisibles de nuestra existencia, y para los más avezados, hacer que surjan los grandes cambios.


No se si por la misma bendita crisis o para ganarme el respeto de mi núcleo familiar y que no me etiqueten como la aburrida del grupo -aunque creo que ya es muy tarde para eso- desde que llegamos a Máncora me puse como meta experimentar con el Paddle Surf. Me encanta el mar desde siempre pero surfer nunca he sido, así que estando ya bien instalados, se me acabaron las excusas para empezar con este deporte que supone necesitar menos equilibrio, agilidad y pericia que el surf tradicional, así que una mañana con pocas olas me decidí a tomar una clase en el point, mientras mi familia surfeaba. Primero el outfit adecuado, ropa de baño con una licra encima, como para que cuando venga la ola y me revuelque no termine mostrando partes de mi cuerpo que suponen ser privadas, luego la clase teórica sobre la arena y finalmente al mar, es decir carga el paddle, agarra el remo y entra al mar tratando de no ser revolcada. Traté de entrar dignamente al mar, pero apenas di unos pasos me agarró la primera ola, después la segunda e inmediatamente después la tercera, y así continué durante toda la hora, dando tumbos por aquí y por allá, salvo algunos momentos en los que logré pararme encima del paddle, orgullosísima de mi misma, para al poco tiempo, volver a caer.


Aunque fue una experiencia agotadora, sentí la satisfacción de demostrar que puedo seguir intentando nuevas cosas, eso sí, ya no he mencionado la idea de volver a hacer paddle. De esa sesión me queda el recuerdo de -entre revolcón y revolcón- sacar la cabeza del agua y siempre encontrar la cara de uno de los míos mirando toda la situación con cara de "ay, que linda como intenta", y es que de eso se trata toda esta idea de venir a Máncora, de seguir intentando -entre otras cosas- encontrar el sitio al que pertenecemos. Y en ese intentar les muestro a mis hijos que es válido aún con cuarenta años, buscar nuevas experiencias, así sea a través del paddle surf o -por que no- dejando la certeza de lo conocido en Lima, para comenzar una nueva etapa en este lugar en el que para mí, es el más bonito del norte del Perú: Máncora.

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