• Claudia Leno

Yoga en Máncora

Actualizado: 3 de jul de 2018

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Clase de Yoga en Máncora


Hay muchos lugares lindos frente al mar para practicar yoga en Máncora, pero yo sólo he hecho clase en uno, no necesito ir a otro por que este es más de lo que podría pedir, la sala está en alto, lo cual brinda una vista panorámica de la playa a la que se antepone una cortina de árboles, con hojas que podría tocar desde la sala si quisiera, con muchos pajaritos cantando de fondo en todo momento.


Desde que llegué a Máncora quise incursionar en esta disciplina pero tuve que esperar a que una de mis mejores amigas estuviera de visita en mi casa para terminar de animarme e ir juntas a clase. Llegamos justo cuando el profesor daba las primeras indicaciones, en ese momento éramos sólo cinco personas, así que me ubiqué al lado de una amiga mancoreña -yoga nivel experto- como para echarle ojo a sus movimientos en caso de ser necesario. Terminé de instalarme y mágicamente aparecieron en clase ocho alumnos mas, cantidad más que suficiente para pasar de sentirme encantada con el lugar a intimidada por lo que vendría. Seré sincera, mi nivel -de aprendiz de aprendiz- iba a quedar rápidamente en evidencia junto con mi poca flexibilidad, porque a mis muchos años de gimnasio en Lima le han hecho falta una significativa cantidad de horas de estiramiento muscular, es decir, llegué a esta clase con la capacidad para estirar de un pedazo de madera.


La clase me pareció rápida desde que empezó, con movimientos cortos que podía hacer bastante bien -según yo- sin caerme desparramada en el mat, pero poco a poco, conforme mis músculos se iban cansando, me costaba más mantener el ritmo. A mi lado mi amiga mancoreña parecía flotar, y al frente mío, mi amiga limeña -quien supuestamente tenía menos experiencia en yoga que yo- se movía con gracia y ligereza, seguramente debido a que nunca perdió la elasticidad que logró hace mil años representando a su colegio en gimnasia acrobática... pequeño detalle. Ni modo, no podía parar ni aún sabiendo que probablemente acabaría con una lesión muscular generalizada. Yo sudaba al punto que la única planta del pie que tenía apoyada en el piso estaba lista para hacerme caer, mientras que el profesor, un austriaco entrenado en India, se movía como levitando. Busqué el reloj de la sala con esperanza de que faltaran cinco minutos para terminar, pero todavía quedaban por delante veinte eternos minutasos. Mis compañeros de clase parecían estar todos en el nirvana y yo era portadora de la misma gracia que un saco de papas, no podía ser de otra manera. La cúspide de mi frustración llegó cuando el profe dio la indicación de unir las manos en la espalda, pasándolas a través de una pierna doblada hacia atrás que no suponía estar apoyada, por poco y quedo tendida en el suelo pero a pesar que me faltaron como quince centímetros para llegar a unir las manos en ese movimiento, me mantuve en una postura decente como para las circunstancias. Eso si, quedó en evidencia que yo necesitaba bastantes partes de mi cuerpo sobre el mat para poder hacer algo parecido a lo propuesto, nada que ver con la facilidad con la que mis compañeros suspendían prácticamente todo su peso en el aire.


No se de donde saqué fuerza, equilibrio y voluntad para terminar, pero lo hice. Me atrevería a decir que a pesar de mis preocupaciones, no se notó mucho mi falta de experiencia y adicionalmente había en mí una sensación de satisfacción como de haber ganado una medalla olímpica en cien metros planos, con nuevo récord mundial incluido. El profesor comentó que la exigencia de la clase había sido alta, lo que me dejó aún mas tranquila, mal que bien había llegado hasta el final.


Terminé la clase feliz y satisfecha, con ganas -a pesar de todo- de seguir practicando, y así lo estoy haciendo, con evidentes mejoras en mi técnica. Luego de esa inolvidable primera clase de yoga mancoreña, mi amiga del alma y yo, nos tomamos un merecido descanso frente al mar para conversar -una y cien veces más- de todos los temas que hacen de nuestra amistad algo muy especial, esta vez teniendo al yoga como plato fuerte en el menú de nuestra deliciosa conversación.




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